Cuando
se ha hablado de la necesidad de dar al vino cuidados durante
su conservación, es para evitar que se altere.
Los
cambios más notables que sufre un vino con el tiempo,
si está en contacto con el aire son debidos a la
oxidación.
Para
evitar que el vino se oxide, se acostumbra mantener las
botellas bien llenas y además en posición
horizontal, para que el líquido esté permanentemente
en contacto con el tapón y lo mantenga húmedo.
Como
el tapón está hecho de corcho, que es una
materia vegetal y relativamente porosa, la humedad lo hace
que se hinche o expande logrando una mayor presión
contra el cuello de la botella y haciendo un mejor cierre.
Cuando
por el contrario, lo que se desea es que el vino se oxide,
hay que dejarlo que se aeree.
El vino
que está medianamente oxidado, toma un olor que recuerda
la paja húmedo o los cereales y en ese momento se
dice que está "ajerezado" o "maderizado".
Si la
oxidación continúa, se desarrollan colonias
de bacterias, que se llaman "acetobacter" y que
llevan al vino a un estado de oxidación avanzada.
En esta etapa se dice que el vino se ha "avinagrado"
y el producto se llame vinagre.
De hecho
la palabra vinagre viene de las raíces vino y agrio.
Como
la acidez del vinagre proviene de la transformación
del alcohol del vino en ácido acético, los
vinagres terminados no contienen ya alcohol.
Aunque
se hacen vinagres a partir de diferentes materias primas,
como la piña o la manzana y aún unos corrientes,
a partir de alcohol, el tradicional y más prestigiado
es el de vino, ya sea blanco o tinto y en ocasiones se llega
a aromatizar mediante la infusión de vegetales aromáticos
como el estragón o el ajo.