| Cuando
tenía 45 años, Ernesto Álvarez-Morphy decidió
que cuando cumpliera 65 se iba a regalar a sí mismo el sueño
que había acariciado desde hacía mucho tiempo: una
vinícola que produjera vinos de la calidad de los mejores
del mundo. En 1986 lo cumplió comprando una propiedad en
la Cañada del Trigo en el Valle de Guadalupe, en la que en
seis meses edificó una impresionante construcción
que evoca la arquitectura de las misiones californianas, cuna del
vino americano.
En
el terreno había viñedos plantados en 1937 por Abelardo
Rodríguez, en ese entonces dueño de Bodegas Santo
Tomás. Después de algunos estudios de la zona y del
viñedo, Álvarez-Morphy decidió injertar 25
hectáreas y resembrar otras 12 con variedades nobles francesas
como Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Merlot.
Todo
comenzó cuando Ernesto se aficionó por el buen comer
y el buen beber. De manera un tanto azarosa había empezado
en el conocimiento de los buenos vinos, las buenas cosechas y lo
que es el maridaje. En ese entonces, trabaja en las empresas de
su familia, dedicada a la construcción y a los grandes proyectos
de urbanización y desarrollo turístico que también
estaba ligada al campo, a la agricultura y la ganadería.
Como Álvarez-Morphy había estado desde chico ligado
a la tierra y a las cuestiones productivas, su interés por
el vino inmediatamente lo lanzó a investigar sobre su elaboración.
Fue
así que comenzó a visitar diferentes sitios en Francia,
España, Italia, Australia, Chile, y Argentina, por citar
algunos, acompañado de su familia. El concepto de transformar,
de procesar, de crear, que de alguna manera él experimentaba
día a día en su trabajo, cobró forma en su
mente. La cuestión tanto agrícola como industrial
sintetizaban en el arte de hacer vino, toda su afición y
su impulso creativo.
Así,
se dedicó a estudiar a fondo la viticultura y la vinicultura,
leyendo y también por correspondencia en la Universidad de
Burdeos en Francia. En los años ochenta se decidió
definitivamente a entrar al negocio y siguió estudiando,
con la idea de cumplir su sueño cuando cumpliera 65 años
y dedicarse por completo al vino.
Para
1985 ya había en la región de Baja California, un
movimiento importante alrededor del vino y se dio a la tarea de
visitar las vinícolas. Fue ahí que un amigo le comentó
que estaban vendiendo una propiedad y que pensaba comprarlo para
uno de sus familiares. Es un sitio privilegiado, un microclima dentro
del microclima mismo del Valle de Guadalupe. Cuando Álvarez-Morphy
llegó al lugar, quedó impresionado y habló
con su amigo sobre sus intereses. Esa misma tarde compró
el rancho.
Años
después, en 1994, durante uno de los conciertos de Monte
Xanic que se llevaba a cabo como parte de las fiestas de la vendimia,
se encontró a Fernando Favela, viejo amigo, a quien le platicó
su proyecto. Durante la conversación, Favela le dijo que
la ilusión de toda su vida había sido tener un viñedo,
por lo que desde ese momento decidieron hacerse socios.
Al
año siguiente del reencuentro con Fernando Favela, Ernesto
conoció a Víctor Manuel Torres, doctor en enología
por la Universidad de Burdeos, quien es un experto en las técnicas
y procedimientos de esa región. Como ambos compartían
el gusto por el mismo tipo de vino (el de Burdeos), su trabajo conjunto,
desde entonces ha tenido como objetivo hacer grandes vinos mexicanos
inspirados en esa zona francesa. Los resultados han sido por demás
exitosos.
Hoy
en día, la presencia de Chateau Camou en los concursos internacionales
es cada vez mayor y cada vez más notable. Su Gran vino tinto
de 1997, recibió la Gran Medalla de Oro en el Concours Mondial
de Bruxelles en el año 2000, y en el Wines of the Americas
y en el Challenge International du Vin también ha sido premiado
varias veces con la presea más alta. Ernesto Álvarez-Morphy
siente que en términos de calidad, de alguna manera ha logrado
lo que desde su juventud se propuso. Ahora está centrado
en estar al día en cuestiones tecnológicas, administrativas
y por supuesto, en dar a conocer a un mayor número de gente
la excelencia de sus vinos. Chateau Camou, es literalmente, un sueño
personal hecho realidad, pero también una muestra de cómo
en el mundo del vino actual, las fronteras parecen haberse desdibujado,
dando paso a un concepto de calidad que opera de manera mundial
en muy distintas regiones del orbe. |