Casa de Piedra

Para Hugo D'Acosta el viñedo es el que habla. Y es que, a decir de este joven enólogo, agrónomo por la Universidad de Querétaro y enólogo por la Universidad de Montpellier, existen variedades de uva que tradicionalmente han sido malinterpretadas a pesar de que tienen un gran potencial y una riqueza única.

Desde muy joven, D'Acosta ha trabajado en todo tipo de empresas vitivinícolas, desde Martell hasta Viejo Vergel. En 1988, entró a trabajar a Santo Tomás, en donde laboró por espacio de doce años. En esa empresa tuvo la oportunidad de realizar varios proyectos que influyeron decididamente en su formación y también en el quehacer vinícola mexicano que hoy está rindiendo frutos a nivel internacional. Cuando él empezó a trabajar en esa bodega, el mercado del vino mexicano estaba en una situación un tanto débil, por el cúmulo de las importaciones que habían terminado por ganar el gusto de los consumidores. Después de todo, eran los tiempos en los que en México no existía la convicción de que como país pudiéramos producir vino de alta calidad.

Así las cosas, Hugo impulsó a la empresa a ser de las primeras en México en ofrecer al mercado vinos varietales, para lo cual reconvirtió los viñedos e hizo importantes cambios en las instalaciones. También, contribuyó en buena medida a que la imagen de la empresa empezara a identificarse cada vez más con la juventud, con el arte contemporáneo, con las situaciones más divertidas y menos acartonadas. La tradición de beber vino había estado siempre rodeada de solemnidad no sólo en nuestro país, sino en todo el mundo. Y es que para Hugo, hay que quitarle la parte solemne al vino, porque no es necesario ser ceremonioso en su quehacer y mucho menos en su entorno. Para él, hay que ser lo suficientemente profundo y respetuoso en los productos que uno realiza, pero hay quitarles en lo posible lo grandilocuente.

Desde finales de los años noventa, Hugo D'Acosta empezó un largo proceso de gestación de su propia vinícola, para lo cual trabajó durante siete años. En 1997, junto con su esposa Gloria Ramos y su hermano Alejandro y su cuñada Claudia Turrent, constituyó formalmente Casa de Piedra, una empresa familiar en la que todos los participantes están involucrados en todos los procesos, es decir, Casa de Piedra se maneja como una forma de vida, no como un grupo comercial. La construcción del lugar fue un transcurrir de más de diez años, que resultó en que lo que habría de ser la casa de familia de Hugo y Gloria, se convirtiera, precisamente, en la vinícola. Su hermano Alejandro, arquitecto, empezó el proyecto en 1990, diseñando una estructura en donde el elemento principal es la piedra. Con el paso de los años, la estructura iba siendo completada lentamente, y como está ubicada al lado de la carretera, los lugareños empezaron a ubicarla como "la casa de piedra". Al momento de buscar un nombre, a ninguno de los D'Acosta les quedó la menor duda. Casa de Piedra, responde, simplemente, a lo que es: una casa de piedra.

D'Acosta ha buscado durante muchos años la forma en cómo a él le gusta hacer vino. Después de todo lo que aprendió, ahora sabe cómo le gusta, y la manera en cómo le gusta no es como la de Francia, o la de Australia, o la de cualquier otro lugar. Ahora él sabe que lo que quiere es expresar lo más que se pueda el sabor del viñedo. A esto él le llama ser contextual, es decir, tener la capacidad de leer lo que pasa en el sitio, lo que está diciendo el viñedo. Así, por ejemplo, hay viñedos que por ser muy frondosos y vigorosos, invitan a hacer vinos suaves sin buscar concentrar mucho el vino porque el viñedo mismo está estresado. Por todo esto, por el gusto por la tierra y por la afición de escuchar lo que nos dice la naturaleza, la filosofía de Casa de Piedra es "hecho en el viñedo".