| Esta
casa vinícola encuentra sus orígenes en las expediciones
de los misioneros jesuitas que llegaron a la zona junto con colonizadores
y soldados españoles ya desde 1697. La misión de Santo
Tomás de Aquino, fue fundada por José Loriente el
24 de Abril de 1791, en lo que ahora se conoce como el valle de
Santo Tomás.
En
esos años, la misión contaba ya con dos mil parras
y cien olivos, además de otros cultivos y animales para el
sustento de sus habitantes. Como estaba cerca del mar, comerciaba
sus productos con los buques que llegaban al puerto, haciendo intercambios
por azúcar, tabaco, arroz y telas. Tiempo después,
en 1859, los bienes de la iglesia fueron expropiados. La hacienda,
entonces, pasó por diversas manos, hasta que Loreto Amador,
tomó posesión del lugar, continuando con el cultivo
del viñedo y la producción de vino. En 1888 la vendió
a Francisco Andonegui y Miguel Ormart, quienes ese mismo año
fundaron bodegas Santo Tomás.
Ormart
y Andonegui tenían una tienda de abarrotes en el pueblo de
Ensenada, en donde empezaron a vender, además de una gran
variedad de granos y diferentes productos, el vino que producía
su recientemente adquirido viñedo. Además de la variedad
Misión, que había llegado a principios del siglo XVIII,
ellos importaron sarmientos de variedades españolas como
Valdepeñas, Palomino y Rosa del Perú.
Este
fantástico legado le viene a Cosío Pando gracias a
la amistad que su abuelo materno, Elías Pando, tuviera con
Abelardo Rodríguez, hombre de negocios que había sido
gobernador de Baja California y tiempo después Presidente
de la República en la década de los años treinta.
Don Abelardo había comprado la vinícola a Ardonegui
y Ormart en 1932 y la había emplazado en la ciudad de Ensenada,
luego contrató al enólogo italiano Esteban Ferro y
emprendió la tarea de hacer crecer la compañía.
En 1939, se embotelló el primer vino de Santo Tomás
en Baja California.
Al
principio de la década de los setenta, don Elías tomó
posesión de la empresa de manos del General Rodríguez.
Pando había venido de Asturias y había encontrado
su vocación como abarrotero de la Merced. Como todos los
refugiados españoles, bebía vino todos los días
para acompañar sus comidas. Por eso para Pando el mundo del
vino no era una cuestión ajena a sus costumbres cotidianas.
Así, el gusto por el disfrute del vino que había aprendido
desde la infancia, hizo que cuando tomara posesión de las
Bodegas Santo Tomás decidiera que pondría todo su
esfuerzo en producir los mejores vinos del país.
Para
lograrlo, muy al principio contrató al enólogo Dimitri
Tschelicheff, cuyo padre se había hecho famoso por haber
impulsado los vinos californianos de calidad. Dimitri se dio a la
tarea de modernizar todos los procesos de vinificación de
la empresa, para lo cual introdujo tanques de fermentación
de acero inoxidable y pequeñas barricas de roble para el
proceso de añejamiento. También, hizo cambios importantes
en los viñedos, plantando variedades diferentes de uva, como
Cabernet Sauvignon, Barbera, Pinot Noir y Colombard.
Elías
Pando se ocupó de Santo Tomás a lo largo de unos veinte
años. En ese tiempo logró que la empresa produjera
vinos de alta calidad y logró que esto empezara a reconocerse,
pero en 1988 Antonio Cosío padre, yerno de Don Elías,
compra la empresa.
Antonio
Cosío padre adoptó apasionadamente la línea
que su suegro había dictado para Santo Tomás antes
de la crisis de los ochenta. Para retomar el compromiso de hacer
vinos de alta calidad, Cosío invitó en 1989 a Hugo
D'Acosta. Lo primero que hizo D'Acosta fue transformar la bodega.
De ser productora de volúmenes masivos, pasó a ser
una empresa de elaboración de vinos de alta calidad. En ese
entonces, empezaron a introducir al mercado vinos varietales mexicanos,
como Tempranillo, Chardonnay y Cabernet Sauvignon. Para producir
vinos premium, bajaron aún más su producción
y también, construyeron una nueva planta.
En
1999, el hijo de Antonio Cosío, Santiago Cosío Pando
toma las riendas de la compañía. Los diez últimos
años han sido cruciales porque fueron dedicados totalmente
a mejorar la producción. Ahora, Santiago está abocado
a difundir su proyecto. Sabe que el tener un vino de primera no
es suficiente, que tiene que participar a la gente, convocarla e
invitarla a conocerlo. Quiere eliminar por completo, de una vez,
el prejuicio que todavía sufre la vinicultura mexicana por
parte de los mismos mexicanos, y hacerles saber lo que ya se sabe
en el mundo entero, en el mundo de los vinos: que el mexicano está
a la altura de cualquiera. |