El primer vino de América
Si en los albores del siglo veintiuno el vino mexicano está conquistando los mercados internacionales, no es sólo porque estamos viviendo un fenómeno de vitivinicultura o una situación comercial novedosa, es, en primera instancia, porque estamos viviendo un renacimiento.

Este renacimiento se inscribe en un contexto internacional que se conoce como la explosión de los vinos del "Nuevo Mundo". Esta situación permitió, desde finales de los años setenta, la entrada de nuevos actores al mundo del vino, a sus condiciones especiales de producción, a sus canales de distribución y finalmente, a sus consumidores más exigentes. Así, el aura inalcanzable, el halo misterioso que envolvía los quehaceres del vino y sobre todo su disfrute, empezaron a desvanecerse. Los vinos californianos, australianos, sudafricanos y chilenos fueron los primeros en aparecer en el mapa. La frescura de sus iniciativas dio paso, poco a poco, a una nueva concepción de lo que era la experiencia gustativa del vino, por lo que los estereotipos que dominaban la escena empezaron a ser cuestionados: la edad del vino, las denominaciones de origen y las appellations controlées. Todo esto estaba y está muy bien, los buenos vinos de los productores tradicionales como Francia, Italia y España, tienen sin lugar a dudas una tradición y una calidad a prueba de todo, pero también había lugar para vinos hechos con las mejores tecnologías existentes, con el cuidado de viticultores y enólogos expertos y con uvas crecidas en regiones ideales para el desarrollo de la vid, que ofrecían aromas y texturas francamente extraordinarios que competían muy bien con los otros, no por la semejanza, sí por la calidad. Los vinos del Nuevo Mundo son aquellos que se producen en lugares que no necesariamente tienen una tradición vitivinícola centenaria de alta calidad. Cuando fueron ganando terreno en los principales mercados internacionales, los productores inveterados empezaron a sentir la presión de su embestida, que además de ofrecer calidad indiscutible, inundaba de frescura el mundo del vino, rompiendo esquemas y generando nuevos aficionados.

El vino mexicano adquiere visibilidad a finales de los años ochenta, en lo que puede ser llamada la segunda "oleada" del Nuevo Mundo, que incluyó a los neozelandeses, a los argentinos y a los mexicanos como principales actores. En el caso mexicano, esto fue posible gracias a las iniciativas de un buen número de personas que se empeñaron en que en nuestro país hubiera vinos de la más alta calidad que compitieran con los mejores del mundo. Estas iniciativas emanaron tanto de productores establecidos por varias generaciones, como de enólogos y vitivinicultores expertos que en algún momento dado decidieron emprender el viaje. Un viaje hacia un mundo que concentra toda la complejidad de la técnica, la ciencia y la experiencia profesional, con el arte de dialogar con el misterio que encierran los procesos de la naturaleza: los enigmas del clima, los de la tierra y su influencia en la vid, los de la uva y su comportamiento en la fermentación. Y aunque el viaje aún no termina, hasta ahora sus experiencias han sido por demás satisfactorias. Hoy en día, el vino mexicano está considerado, y cada vez con más frecuencia, entre los mejores del mundo.

Pero el reconocimiento, tanto nacional como internacional, que en la actualidad estimula los esfuerzos de sus protagonistas, en otros tiempos no fue tan provechoso, es más fue desastroso. En 1595, Felipe II, rey de España, expidió senda cédula real para prohibir la producción de vino en la Nueva España, ordenando también destruir los viñedos existentes. ¿Por qué? Porque la calidad y cantidad que se producía aquí amenazaba los intereses comerciales de los propios españoles, tanto de productores como de distribuidores. Propiamente, fueron los dueños y administradores de las marinas mercantes de Cádiz, quienes presionaron a las autoridades cuando vieron reducidos en gran parte sus embarques a las colonias americanas. El proteccionismo y el peso político de los monopolios vinícolas hicieron que se interrumpiera una industria que desde entonces prometía, pero que tuvo que esperar mucho tiempo para desarrollarse plenamente.

Desde su llegada en el siglo XVI, los españoles trajeron consigo el vino. Para ellos, como hoy para nosotros, era indispensable, no sólo por el placer de beberlo sino por sus propiedades alimenticias y sus beneficios para la salud. Por eso, ya desde 1524, Hernán Cortés, como primer capitán general y gobernador de la Nueva España, ordenó a los colonizadores plantar mil viñas por cada cien indígenas que tuvieran encomendados. Dándose cuenta de que las características de la tierra y el clima de algunas regiones de México eran ideales para su cultivo, Carlos I de España, ordenó en 1531 que todos los navíos que se dirigían a la Nueva España, llevaran viñas y olivos para ser plantados. Ese mismo año, Fray Toribio de Benavente, ya escribía sobre los viñedos de Val de Cristo, en los alrededores de Puebla. También se tienen testimonios de plantaciones en Michoacán. Así, hacia 1534, los viñedos en algunas regiones cercanas a la ciudad de México y en lugares más distantes, estaban bastante bien establecidos.

Conforme la colonización avanzaba y se dirigía hacia zonas menos pobladas, el cultivo de la vid se fue expandiendo. La búsqueda de riquezas en todo el territorio nacional impulsaba a los colonizadores a organizar expediciones que en casi todos los casos incluían misioneros. Éstos desempeñaban el trabajo de catequización. En algunos lugares del norte de México, como Baja California y Coahuila, fundaron misiones para consolidar sus esfuerzos religiosos, lo que inmediatamente se tradujo en plantación de viñedos, tanto para el autoconsumo como para la celebración de la misa. De la misma manera, era común que alguno de los expedicionarios decidiera establecerse en los lugares que iban encontrando, dependiendo de las características de la tierra y sus riquezas naturales. Así, también la producción casera de vino, como parte de su cultura, propició el desarrollo de viñedos, unos más importantes que otros.