Es
en este contexto que en 1593, Francisco de Urdiñola estableció
la primera bodega en el valle de Parras, hoy estado de Coahuila.
Y sí, fue ahí que se produjo el primer vino de América
hecho con fines comerciales, no para el rito religioso, no para
el autoconsumo. Poco después, en 1597, Lorenzo García
estableció la Hacienda de San Lorenzo con su respectiva bodega.
Sorprendentemente, ésta sigue funcionando. La vinícola,
que hoy se llama Casa Madero, conserva la estructura original que
le diera Don Lorenzo. En un inventario de la hacienda fechado en
1650, ya estaba registrada la existencia de más de noventa
mil cepas de parras plantadas, equivalentes a lo que serían
hoy 90 hectáreas.
Pero
ya para entonces, pesaba la ordenanza real de prohibición
decretada en 1595, y aunque efectivamente inhibió el desarrollo
de la vitivinicultura, no impidió del todo su expansión.
Los virreyes, un tanto aislados del centro del poder, pero siempre
eficientes, se esforzaron por cumplir y respetar sus mandatos. Sin
embargo, la dificultad de controlar todo lo que pasaba en un territorio
tan extenso, hizo que fueran varios los determinantes mensajes de
la corona. Seguramente por las insistentes quejas de los comerciantes
interesados, hasta principios del silgo XIX, todavía se recibían
en la Nueva España este tipo de comunicados.
Pero
la expansión seguía, no de la mano de los colonos
o de los miembros de la milicia, sino de la mano de los misioneros,
que producían vino de consagrar y para el autoconsumo. La
región principal de sus esfuerzos fue California, incluyendo
por supuesto todo lo que después, en el siglo XIX, se convirtió
en territorio estadounidense. Así, los vinos de California,
fueron, en un principio, vinos mexicanos.
El
Padre Kino fue uno de los sacerdotes jesuitas precursores de la
colonización definitiva de California. Se llamaba Fray Eusebio
Khun, y era un cartógrafo y geógrafo de origen italiano,
educado en Alemania. En 1683, formó parte de la expedición
que dirigiera al almirante Isidro Atondo, quien decidió,
al llegar a la bahía de La Paz, establecerse no muy lejos
de ahí, en lo que después sería la misión
de Loreto. Pero el intento fracasó por lo inhóspito
de la región. Desde aquella aventura, el padre Kino mantuvo
la ilusión de evangelizar California, y de alguna manera,
su sueño se cumplió con las iniciativas de otros frailes,
quienes al final del siglo XVII y a lo largo de todo el XVIII, fundaron
una serie de misiones que fueron cuna y clave de la vitivinicultura
mexicana.
La
primera misión en Baja California fue Nuestra Señora
de Loreto, fundada en 1697 por el padre Juan María Salvatierra.
Pero el que está considerado como el padre de la viticultura
de California, es el padre Juan de Ugarte quien se ordenó
en el Colegio de San Ildefonso de la Ciudad de México y quien,
luego de conocer a Salvatierra, quedó convencido de viajar
hacia California. Muy pronto, Ugarte quedó como procurador
de las misiones, por lo que en uno de sus viajes de abastecimiento
a Guaymas, trajo consigo sarmientos de vitis vinífera, la
variedad de viña de la cual se produce hoy en día
casi todo el vino del mundo. Antes de que esta variedad llegara,
había vides locales, pero que no producían el resultado
esperado por los nuevos habitantes de la Nueva España.
Héctor
Arriola y Espinosa, autor de Apuntes de un Cofrade publicado en
1996, recogió el testimonio de el Padre Miguel del Barco
- respetando su sintaxis- quien a mediados del siglo XVIII escribió:
".... (Existen) en primer lugar las parras silvestres o cimarronas.
Estas se hallan en aquellos parajes de los arroyos, donde hay cerca
un manantial. Tienen el tronco delgado y enredado entre otros arbustos
que las sostienen. Sus sarmientos, hojas, racimos y uvas son, en
lo exterior, sumamente semejantes a los de las parras europeas pero
todo mucho menor que lo que producen estas últimas. Las uvas
son menudas y nunca maduran, de suerte que queden dulces; antes
bien siempre son agrias, y cuando mas pudieran servir, si se recogiera
cantidad, para hacer vinagre. Cada racimito tiene como ocho o diez
de estas pequeñas uvas o pocas más. Dícese
que el primer pensamiento que el padre Juan de Ugarte tuvo de llevar
vides a la California fue excitado de ver en ella éstas silvestres
de que hablamos, infiriendo que, pues la tierra por sí misma
producía esta especia, sería a propósito para
plantar en ella con buen efecto otra su semejante, aunque, sin comparación,
más noble. Es cierto que el primer árbol, extranjero
de la California, que se plantó en ella fue éste."
Aquellos
sarmientos fueron plantados en la misión de San Francisco
Javier, que había sido fundada en 1699 por el padre Francisco
María Piccolo. El producto de estos sarmientos después
fue conocido como uva misión. En 1714, Ugarte llevó
la vid a la misión de San José de Comundú y
poco después, a las de Mulegé, La Purísima,
San Ignacio y Santa Gertrudis. Para 1755, varias de ellas, con sus
propias prensas, contenedores, lagares y tinas, producían
algo como quince mil litros de vino al año. Para sellar los
recipientes se usaban recursos del lugar, como la cera del Palo
Brea y la madera del Colorín. La producción de vino
en California resultó ser muy próspera y reconocida
por su calidad. Se sabe que lo distribuían a otras misiones
del norte del país, especialmente las del hoy Estado de Sonora.
Cuando
en 1767 los jesuitas fueron expulsados de los territorios de la
corona española, los dominicos y los franciscanos entraron
a escena, retomando las actividades en las misiones y fundando otras.
Así, la actividad vitícola continuaba. De esta etapa
de fundación y cimiento, permanece como legado Bodegas de
Santo Tomás, que nació como la misión de Santo
Tomás de Aquino en 1791, fundada por el padre José
Loriente en lo que ahora se conoce como el Valle de Santo Tomás.
A principios del siglo XIX, la misión contaba con dos mil
parras.
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